Alcalá Pérez, P. Mariano (mercedario) Mártir

10.05.2013 09:17

 

Alcalá Pérez, P. Mariano (mercedario)

Mártir

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Lugar de nacimiento: 

Andorra (Teruel)

Años nacimiento-defunción: 

1867 - 1936

Fecha de la muerte: 

15/09/1936

 

Maestro general de la Orden y maestro eximio de espiritualidad

Vino al mundo en Andorra, Teruel, el 11 de mayo de 1867, decimosegundo hijo de Tomás y Vicenta, que lo llevaba a la pila bautismal al día siguiente. Buen comienzo para una vida exquisitamente dedicada a Dios.

Constituyó el primer grupo que ingresó en El Olivar después de la Restauración, contando catorce años. En este convento tomó el hábito el 24 de septiembre de 1881, a las 9’30, de manos del padre Benito Rubio y ante el padre Antonio Lafuente; profesando los votos simples el 23 de mayo de 1883 ante los padres Benito, Lafuente y Fabián Lisbona. Ese mismo año cursó el primero de filosofía, accediendo a la teología en el curso 1886-1887. El 3 de junio de 1886 emitió los votos solemnes, ante los padres Clodomiro Henríquez, Juan Pascual y Bernardino Toledo. El 13 de octubre de 1887, cuando la reapertura del convento de Lérida, pasó allí con los demás coristas, siendo parte de la comunidad fundadora de este convento y, años más tarde, de los compradores de la fonda de San Luís para erigir el colegio.

Siendo diácono, el año 1888, el padre general Pedro Armengol Valenzuela, percatado de sus excelentes cualidades, lo llevó a Roma para terminar y perfeccionar sus estudios en la universidad Gregoriana y al mismo tiempo desempeñar alguna cátedra en la ilustración de los coristas del convento romano. Fue ordenado presbítero por el cardenal Lucido María Parocchii el 21 de diciembre de 1889 en San Juan de Letrán.

Cursados tres años de teología en la Gregoriana, fue mandado al convento de San Juan de Poyo, Pontevedra, para explicar filosofía a los coristas. Pasados dos años, le vino la conventualidad de Lérida; donde empezó a dedicarse a la predicación con más que regular aplauso, siendo bastante apreciado por el obispo, que lo nombró pro examinador diocesano. Estaba feliz cuando al general Valenzuela le plugo contrariarlo, destinándolo a San Ramón, convento recuperado por la Orden el 11 de julio de 1897. Mas, por lo que fuera, muy luego regresó a Lérida, ya que el 20 de agosto de 1897 participaba en la compra del edificio para colegio mercedario. Recuperada su actividad oratoria, lo vemos desplazándose a Guissona, Andorra, Madrid; dando ejercicios al clero en San Ramón en julio de 1902.

Y, cuando menos se lo podía esperar el 16 de julio de 1903 el padre general Valenzuela lo designó provincial, si bien ya llevaba un mes de vicario provincial. Regirá la provincia por ocho años seguidos, de los cuales los cuatro primeros tuvo la residencia en Lérida y los otros en Barcelona; pues el 22 de julio de 1907 el general Valenzuela le prorrogó el provincialato para cuatro años. Ese año en Lérida, el 21 de agosto, reunió un remedo de capítulo provincial para analizar la marcha de la provincia.

Promovido a obispo de San Carlos de Ancud el general Valenzuela y, quedando vacante la sede generalicia, la sagrada Congregación de Negocios eclesiásticos convocó elección de general de la Merced, mediante los votos de los padres provinciales y definidores, que llegaron en sobre sellado a la Congregación. Siendo el más sufragado nuestro padre Alcalá, el cardenal prefecto juzgó que él era el destinado para ocupar la principal dignidad de la Orden, proclamándolo el 3 de agosto de 1911 superior general, cargo del que se posesionó el 24 agosto; tomando por secretario al padre Francisco Gargallo. La hermana María de la Paz Vilaclara dice sobre este momento: edificaba sólo verlo, daba la impresión que fuese hombre de gran vida interior. Siempre recogido en sí, y el nombramiento de general le sorprendió como una bomba y lo tornó aún más humilde.

Cogía el timón de la Merced en momento de descontento e insatisfacción, a causa del prolongado gobierno, treinta y un años, del reverendísimo Valenzuela. Renacía la ilusión, pero de inmediato se encontró con una campaña ominosa del exgeneral; un sector de la Orden se le declaró opuesto, al pretender algunas reformas; los italianos se le cruzaron cuando pretendió reservar la casa generalicia para el gobierno general. Aunque le dio la razón el papa Pío X, surgieron más y más confrontaciones y acusaciones; para zanjarlas la santa Sede quiso intervenir por medio de un visitador apostólico; el padre Alcalá trabajó increíblemente por evitar tal sonrojo, y, no logrado, renunció al generalato el 9 de marzo de 1913. El 14 de marzo de 1914 el visitador apostólico instituyó vicario general al padre Inocencio López Santamaría. El 30 de abril de 1914 el padre Mariano pasó a San Ramón; el 4 de junio marchó a Barcelona; el 17 de agosto tornó a San Ramón; el 12 de septiembre residía en Barcelona.

Al respecto debo poner la declaración de sor María de la Merced Busquets, misionera esclava del Inmaculado Corazón de María, que lo tuvo director desde 1916, afirmando que todo él respiraba santidad, cuando lo conocí me imponía mucho respeto y no quería ir a confesarme con él, pero cuando lo nombraron confesor de la comunidad, cambié teniendo una confianza ilimitada en él. Trasmitía tranquilidad a las almas atormentadas. Fue muy perseguido hasta por los suyos y por otros, lo que soportó con paciencia y serenidad. Pío X le obligó a renunciar al generalato por acusaciones de sus hermanos de gobernar mal la Orden; esto lo sé porque me lo contaron los padres Cesáreo Fernández, Tomás Carbonell y otros. Era muy recto y no estando de acuerdo algunos religiosos, buscaron de suprimirlo. Después de haber bebido el cáliz de la amargura, volvió a España y pasando por Loreto, tuvo una visión de la Virgen, esto me lo contó otro padre; entonces le pregunté a él qué le había dicho la Virgen y me dijo: ¡Qué bella es la Virgen!, añadiendo cómo le había Ella manifestado que durante su generalato no se había condenado ningún mercedario.

La visión de Loreto también la testifica sor Margarita Vall, a la que profetizó que sería general de su instituto, las religiosas Misioneras Esclavas del Inmaculado Corazón de María. Profesaba –dice ella- una gran devoción al Ángel custodio, que lo liberó una vez del atropello de un vehículo, y a santa Teresita, a cuya canonización asistió; practicaba los ejercicios espirituales cada año en la cartuja Aula Dei, de Zaragoza.

En el capítulo provincial iniciado el 7 de agosto de 1915 no se halló, siendo así que tenía derecho; mas fue elegido segundo definidor. El 13 de octubre de 1915 formaba comunidad en Lérida, y aquí se estabiliza, haciendo frecuentes salidas, a Manresa, Andorra, San Ramón, Barcelona, San Hilario, Bilbao, Borges, Monzón, Jaca, Fraga, Barbastro, Zaragoza, para predicar, para confesar, para tomar las aguas en San Hilario de Sacalm. Pero su lugar preferido era el confesionario en su iglesia de la Merced, desde que se abría el templo hasta que no quedaba nadie, allí permanecía, casi siempre con una cola de penitentes. Si estando en casa, era llamado al confesionario, dejaba de inmediato lo que estaba haciendo, se ponía la estola y se prestaba para atender al penitente. Es que atraía a las almas por su unción, su sabiduría, su experiencia mística, su discreción, su rectitud, su delicadeza, su discernimiento. Fue director espiritual y consejero de prelados, visitador y confesor de muchas comunidades de religiosas, tanto que su confesionario estaba siempre rodeado de personas de todas clases y condiciones.

El padre Bienvenido Lahoz, que vivió muchos años con él, desde cuando era estudiante, lo define: devoto, serio, comedido en cuanto a la pureza, abierto a todas las formas de piedad, no de gran capacidad, recto en su modo de ser, sumamente delicado de conciencia. La gran tribulación de ser depuesto del generalato fue un acicate para no buscar otra cosa que a Dios. Muy dedicado al confesionario, tenía un gran prestigio de santidad y la comunicaba a sus penitentes; todos lo veneraban. No admitía bromas de doble significado. Era muy respetado. Todo rebela su gran santidad. Llevado de su devoción a santa Gema, hizo un viaje penosísimo de Roma a Luca, y en otra ocasión peregrinó a Paray-le-Monial.

El padre Jaime Monzón Sanz, aspirante entonces, lo recuerda del año 1915 religioso excelente, significativamente silencioso, modesto, retirado, valoradísimo director espiritual de numerosos sacerdotes, religiosas y seglares. Sor Maria de la Consolación Sanz, clarisa, afirma: Era una alma santa; tenía algo que no había encontrado en otro sacerdote; en la primera confesión ya me dijo que tenía vocación religiosa. Era severo consigo mismo y muy indulgente con los otros. Se hacía obedecer sin mandar.

En noviembre de 1919 partió para Roma, vocal del capítulo general, regresando en diciembre. En 12 de enero de 1920 presidió el capítulo provincial que tenía que celebrarse en San Ramón, según la convocatoria, pero por razón de mal tiempo se celebró en la ciudad de Lérida.

Desde 1920 va frecuentemente a Juneda, para confesar a las religiosas. El 31 de agosto revisaba sus actividades la comunidad, haciendo constar cómo el padre Alcalá ni servía para el colegio, ni para el postulantado, ni para el culto; sólo para el confesionario. Se comprende, pues vivía abstraído, en silencio y recogimiento, en la misa parecía una estatua, sin ni apercibirse de quién le ayudaba; vivía en un mundo distinto al de los demás, convirtió su celda en Tebaida. A su paso, cuando iba por la calle, la gente lo miraba embelesada: Ahí el santo de la Merced. Era un ángel, expresaría uno de la comunidad. Marcelina Esquerza puntualiza sobre este su halo: En el modo de celebrar la misa llamaba mucho la atención su recogimiento y devoción, lo mismo en las procesiones a que asistía, totalmente absorto en sus pensamientos.

María Ristol, que trató mucho al padre Mariano entre 1916 y 1928 en la Merced de Lérida, a la que él escribió veintisiete cartas de dirección espiritual, expresa: Creo que su vida y fama de santidad eran excepcionales. Una vez que supe que lo habían calumniado, se lo dije y noté en él una virtud extraordinaria, no quiso saber quién me lo había dicho, ni porqué motivo, se limitó a decir, “pobrecillos, recemos por ellos.” Era muy puntual en las cosas de la iglesia, tenía mucha paciencia, como pude constatar en varias ocasiones. Mis hijas, después de muchos años, reconocieron haber sido afortunadas de tener una formación distinta de otras y se nota en mil detalles. Cuando yo le decía que era como un ángel de la guarda para mí y los míos, me respondía que Dios hace las cosas como quiere y a veces se sirve de un mango de escoba para dirigir. No obstante los muchos años que nos dirigió espiritualmente a mí y a los míos nunca supo dónde vivíamos; me dijo en una ocasión que lo invité a bendecir y entronizar en mi vivienda el sagrado Corazón de Jesús, que él no iba nunca a casa privada, al final aceptó pero vino acompañado de un hermano lego. Era muy mortificado, discretísimo en todas las cosas como no he visto en otro. Una vez que le dije que era un santo, se molestó.

En julio de 1922 pasó por El Puig yendo a impartir ejercicios espirituales a las mercedarias de Málaga, Lorca y Madrid. El 13 de enero de 1923 estaba en Barcelona, como exgeneral, en el capítulo provincial, teniendo tres votos para provincial y saliendo primer definidor. En 1924 andaba achacoso, aunque en diciembre fue a Madrid para las fiestas de la beata Mariana de Jesús. En agosto de 1925 fungía de vicario provincial, por ausencia del provincial Alberto Barros, negándose a ratificar el cierre del colegio de Lérida. El 24 de julio de 1926 estaba en San Ramón participando en el capítulo provincial, en cuanto exgeneral, exprovincial y definidor, siendo escrutador y recibiendo seis votos para definidor, pero no los suficientes; por lo visto tenía en su contra a la propia comunidad ilerdense, que lo había demostrado con modos inadecuados, por eso el padre Inocencio López Santamaría, presidente capitular, exigió a los conventuales ilerdenses que diesen satisfacciones al padre Alcalá, supongo que por su apoyo a la continuación del colegio y sus limitaciones.

Ya se mueve poco, y si viaja es a tomar las aguas, a Barcelona o Zaragoza. El 22 de marzo de 1929 la santa Sede constituyó el gobierno provincial de Aragón, después de haber realizado una votación de sondeo; nuestro padre Alcalá fue señalado segundo definidor. El 24 de abril estaba en San Ramón, rindiendo obediencia al provincial designado por la santa Sede y asumiendo su cargo de definidor. En 1931 el padre Alcalá se proveyó de ropa seglar. El 4 de marzo de 1932 se resistía a la venta del edificio que fuera colegio ilerdense. El 29 de julio de ese mismo 1932 abrió el capítulo provincial en San Ramón, pues el precedente día 4 le vino el nombramiento de presidente capitular; fue designado definidor con todos los votos; a su propuesta se hizo la consagración de la Provincia al Corazón de Jesús. En 1935 tiene ausencias prolongadas en las aplicaciones de misas, frecuenta médicos, consume medicamentos; en febrero estuvo en trance de muerte por bronconeumonía y afección del corazón; se halló al capítulo provincial de San Ramón, desde el 3 al 8 de agosto, siendo escrutador, pero ya no le dieron ninguna responsabilidad.

Evidentemente en el padre Alcalá se ha ido produciendo un proceso de agotamiento físico, a la par que de purificación interior. En su correspondencia se hallan expresiones como ésta: quisiera que no os molestaseis por mí... ya sabéis que soy un pobre religioso… No os olvidéis de este pobre ministro, que aunque muy indigno del Señor, sólo tiene una aspiración: amar fervientemente al Señor santificando así su pobrecita alma. Las humillaciones, las contrariedades, las injusticias le han clavado en la cruz. Y hasta fue calumniado. No obstante que era delicadísimo y prudente en todo, singularmente en cuanto a la pureza, hasta el punto de preparar para la primera comunión a dos hermanitas de cuatro y seis años a través de la rejilla del confesionario, pasó por una de las pruebas más duras que puede soportar un religioso recto.

Lo cuenta la hermana Busquets: Fue gravemente calumniado. Supe por diversos conductos que una religiosa carmelita descalza de Lérida, Eva Valeta, había salido del convento con gran escándalo, encinta, y ella decía que había sido por causa del padre Mariano; pero no fue así, porque ella contrajo inmediatamente matrimonio con su cómplice, el carpintero que trabajaba en el convento, habiendo declarado explícitamente la inocencia del padre Mariano. Hablando de ésta con el Padre, me dijo “recemos por ella” Era confesor de las madres Carmelitas, y llevó toda esta cruz con mucha paciencia y resignación. También demostró mucha paciencia durante su permanencia en su convento de Lérida, porque algunos padres no lo respetaban como merecía. Siendo confesor ordinario de mi comunidad, advirtió a la madre general de ciertas irregularidades que venían sucediendo; viendo que no se le hacía caso y todo seguía igual, me obligó a recordar a la madre aquello que le había dicho y de que en caso contrario el instituto tendría una grave crisis: falta de vocaciones, algunas religiosas jóvenes se irían a otras órdenes más observantes y algunas morirían, esto ocurría en 1926; me predijo en 1929 las cruces, las penas, las enfermedades, los escrúpulos y lo mucho que me tocará sufrir, y todo se ha efectuado así.

Teresa Castelló lo conoció desde mayo de 1929, tomándolo por su director espiritual: Era religioso las veinticuatro horas del día, fray ejemplo, por su recogimiento y su mirada, imagen clara de la virtud, sobre todo de la fe, la esperanza y la caridad. Con la vida que llevaba, el martirio era la cosa más natural en aquellas circunstancias.

 Claro que era dechado de fortaleza, paciencia. Afrentado, perseguido, humillado, callaba siempre. Cuando iba a su pueblo, Andorra, los quince o veinte días de verano, se pasaba horas en la iglesia, paseaba con los sacerdotes y su sobrino Ángel. Todos lo admiraban por retirado, humilde, todos lo calificaban ejemplar y santo. Pedro Tomás Callizo agrega que era jovial en el trato.

Seguía en Lérida, cada día más achacoso, cuando el 8 de marzo de 1936 su sobrino Ángel, casado con Luisa, se lo llevó a Andorra para ver que recuperara la salud. Lo tuvieron en su hogar hasta después de 18 de julio. Ella atesta: Era un gran místico, y cuando le comunicamos el triunfo de la revolución, previendo lo que se veía venir, y algunos le manifestamos un cierto temor, dijo preparémonos a morir bien, si debiese ser el caso. Margarita Vall asevera cómo supo que murió con gran disposición de ánimo, sobre todo las veinticuatro últimas horas antes de morir, como si estuviese contento de ir a la muerte. A María Ristol le manifestó que la gracia de las gracias era el martirio y estaba alucinado por obtenerla, pero dudaba de ser digno.

Porque la casa de Ángel era peligrosa, como farmacia muy frecuentada por los rojos, lo llevaron a casa de su sobrina Vicenta Alcalá, que manifiesta: Aquí vivía como en el convento, se levantaba a la misma hora, dedicaba a la oración y a sus trabajos el mismo horario que en el convento; meditaba, leía, escribía cartas de dirección espiritual; hacía el tiempo de recreación conversando con la familia; celebraba diariamente la santa misa; a veces paseaba con los sacerdotes, que se embelesaban con su palabra. En el pueblo todos admiraban su bondad, su afabilidad, su delicadeza, nunca reprochaba nada a nadie, no se lamentaba de nada, mostraba una paciencia admirable. Mosén Rafael Galve observó cómo aunque estaba en el hogar de sus familiares, se le veía ensimismado en la presencia de Dios, en tal modo que parecía no oír cuando se habla del mundo, aunque fuesen cosas familiares, en cambio hablaba con entusiasmo y fervor de temas espirituales, sobre todo de las preferencias de su devoción, el Corazón de Jesús, el Espíritu santo, la Virgen, santa Teresita, santa Gema, el Ángel de la Guarda, y más aún gustaba de comentar de Roma y del Papa. Algunos días antes del martirio, pese a su vejez, aún manifestaba deseos de ir a Roma, para el capítulo general. Nunca jamás le vi hablando tú por tú con una mujer, prueba de cuánto estimaba su castidad.

Y sobrevino la Guerra civil, y con ella lo que esperaba, el martirio. Cuando se hablaba de los rojos decía: no hablemos, recemos. Su disposición era serena, esperando el cielo y consolando a sus familiares. El 26 de julio ya no pudo ir a la iglesia, por la inminencia de la llegada de los rojos. Quedó escondido en casa de sus sobrinos, de Ángel, primeramente, de Vicenta, después, que fueron conminados a presentar a su tío so pena de volar sus casas. El 26 de agosto tuvo que acudir al comité. Lo acompañaron ambos sobrinos; los facinerosos ni le dirigieron la palabra; lo menospreciaron; a ellos les prometieron interceder por su vida. Lo devolvieron porque lo vieron viejo y agotado, a la ida y al regreso fue rezando.

Vicente Aguilar nos habla de este trance: su disposición de ánimo era serena, pensando en el cielo; comunicaba esperanza a sus familiares; consolaba a los suyos que no perderían nada con su muerte.

Cuenta Vicenta: El 15 de septiembre, sobre las cinco y media de la tarde el comité me llamó para que acompañase a mi tío hasta allí, a fin de que el pueblo no se diese cuenta y se alarmara; rehusé categóricamente, pues me dijeron que aquella noche lo iban a matar. A las seis de la tarde, vino un pelotón a buscarlo; le avisé de que debía presentarse al comité y me rogó que lo acompañase, y acepté; luego de bajar unas gradas, se retornó a su habitación, compareciendo inmediatamente; a la puerta lo esperaban los milicianos, que me impidieron acompañarlo; lo llevaron a la casa consistorial donde estaba el comité. Él se entregó sin resistencia alguna, resignado ante los empellones y amenazas que le proferían, azuzado porque no podía andar a su ritmo. Pasados unos días de esto, pues estuve fuera, regresé obligada por el comité, entrando en la habitación que tuviera mi tío, encontré sobre la mesa su reloj y su rosario, que nos dejaba para recuerdo, pues eran dos objetos de su predilección, el reloj porque se lo había regalado su padre el día de la ordenación y el rosario por su devoción a la Virgen.

José Artigas sigue el relato: El día 15 sobre la seis de la tarde me avisaron que fuera con el camión a la plaza Nueva para cargar cebada. Una vez allí, vi todo ocupado por milicianos armados, me hicieron meter la parte trasera del camión frente a la entrada de la Casa consistorial, advirtiéndome que no dejase el volante. Entonces comenzaron a salir hacia el camión varios hombres, unos armados y otros maniatados. Me ordenaron tomar la carretera de Alcañíz, pero cuando llegamos al cementerio de Andorra, a los muros orientados hacia Alcañíz, me ordenaron pararme, porque iban a ser fusilados de inmediato, según lo que me dijeron los armados, todos los maniatados en el camión. Me encontraba angustiadísimo, adivinando lo que iba a suceder, retirándome un poco hacia la puerta del cementerio para no asistir a un acto tan terrible; mientras pasaba por la puerta trasera del camión, vi entre otros y reconocí al padre Mariano Alcalá, entre dos le ayudaron a bajar del camión, lo reconocí distintamente y cómo sus labios se movían fervorosamente; volví a observarlo y constaté nuevamente que estaba rezando muy fervorosamente. No vi más, pero percibí perfectamente y sin perder tiempo, los disparos, algún lamento y un ¡viva la Virgen del Pilar! Dos días después, oí decir que el padre Mariano había gritado ¡viva Cristo rey!, cosa que yo no oí, tal vez porque estaba a una cierta distancia o porque el padre Mariano tenía poca voz.

El padre Mariano ni se lamentó, ni suplicó, ni protestó; rezaba y expiró diciendo con voz queda ¡viva Cristo rey!, abrazado a su sobrino Ángel, que gritó Viva la Virgen del Pilar. Fue sepultado con los otros seis fusilados.

Así cayó aquel prócer y gran maestro espiritual.