Pina Turón, P. Mariano (mercedario) Mártir

16.05.2013 08:34

Pina Turón, P. Mariano (mercedario)

Mártir

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Lugar de nacimiento: 
Híjar (Teruel)
Años nacimiento-defunción: 
1867 - 1936
Fecha de la muerte: 
08/08/1936

 

La bondad cercenada

 

De niño oí muchas veces hablar de él con gran respeto y veneración, con cariño. 

Se había hecho querer en toda la contornada de El Olivar por caritativo, humilde, paciente, sencillo, afable. Gozaba de ese toque personal que otorga a las personas proximidad, apertura, confianza; de esa ingenuidad que rompe fronteras. Además irradiaba celo por la gloria de Dios. Todo lo que de él se diga es poco, acuña Pascual Sebastián. Bueno a toda prueba, remacha Mario Ortín. Y mosén Pantaleón Benedí, lo define: alma de niño, un niño grande, caritativo, bueno, humilde, observantísimo de sus deberes religiosos. 

 

Nació el 13 de abril de 1867, de Antonio y Antonia, en Híjar, lo que es un privilegio, siendo bautizado al día siguiente. Mamó de la familia devoción, piedad, laboriosidad, afición a las lecturas edificantes. Y le aprestó honda religiosidad el medio, pues Híjar constituye un microclima religioso, singular en sus manifestaciones piadosas, sus procesiones semanasanteras, su rompida… fervores que entonces eran tan subidos como la práctica de la disciplina pública en la iglesia. Por lo demás el agro lo configuró austero, ordenado, previsor, providencialista, siempre dispuesto a sembrar sin saber si llegaría la siega... 

 

Para casado iba, y para agricultor. Pero el Señor, a los veinte años, se le cruzó en el camino. Le tomó la esteva, le cambió la labranza. No lo dudó Mariano, pues regresando del servicio militar, explicó a su novia de siempre cómo quería ser fraile y le propuso ser ella monja. La joven dijo que no era tal su vocación, pero Mariano con la bendición familiar y acompañado por su padre, echó su andadura para El Olivar, vistiendo el hábito blanco el 19 de diciembre de 1888, a las 20 horas, de manos del padre Pedro José Ferrada, ante el padre Florencio Nualart, los que, con el padre Domingo Aymeric, recibirían sus votos al año justo. Cursó latín y humanidades desde el año académico 1888-1889 y filosofía desde el curso 1892-1893, emitiendo los votos solemnes el 24 de diciembre de 1892, ante los padres Ferrada, Ramón Prats y Luís Caputo. Llevado a Lérida el 14 de septiembre de 1894, prosiguió la teología, culminando su respuesta generosa con la ordenación presbiteral el 19 de septiembre de 1896, que recibió del obispo José Meseguer en la propia capilla episcopal. 

 

Lo suyo fue el noviciado. Nadie como él sabía estar cerca de los alevines de la Merced; padre de los muchachos, capaz de entenderlos, orientarlos, guiarlos, exigirles sobre todo por su bondad y con su ejemplo estrictísimo. El padre Bienvenido Lahoz, uno de sus novicios, lo valora como todo bondad, de poca cultura, pero buenísimo; no era hombre de gobierno, pero siempre dispuesto a perdonar todas las deficiencias de los subordinados; para desconcertarlo bastaba ponerse a hablar mal de alguien, de inmediato desviaba la conversación. A los dos años de sacerdocio ya recibió el delicado cometido, viniendo desde Lérida el 5 de enero de 1898 a El Olivar para ser maestro; mas luego se le encargó la encomienda, siendo superior olivareño desde el 20 de diciembre de 1899. Realizó la importante obra de estructurar la plaza del convento; derribado el edificio viejo que unía el cenobio levantado por el padre Juan Cebrián con la hoy hospedería de peregrinos, unificó las plazas del Pozo y de las Malvas. También organizó, el 9 de septiembre de 1900, una gran romería con motivo del año santo. 

 

El 24 de octubre de 1902 la obediencia lo restituyó a Lérida. Pasó por San Ramón, mas el 1 de octubre de 1903 desde ahí volvía a El Olivar, nuevamente maestro de novicios, siéndolo, seguidos, diez años; además de que, desde mediados de noviembre de 1911 hasta el 26 de marzo de 1912, estuvo responsabilizado de la comunidad, como vicario in cápite. Queriendo la Merced iniciar nuevos derroteros, abrió colegio en Borges Blanques, encomendándolo al padre Pina, que lo dirigió mientras existió el centro educativo, desde 5 de mayo de 1913 hasta 13 de septiembre de 1919. Recaló en Lérida, donde el 9 de febrero de 1920 era rector. Pero nuevamente se le confió el noviciado el 9 de febrero de 1920, primero en El Olivar, desde el 1 de agosto de 1920 en San Ramón. El día 4 de agosto de 1921 tornó a El Olivar, para superior, ocupando el cargo hasta el 30 de enero de 1923. Prosiguiendo en lo que a él le iba, el 2 de octubre de 1922 principió en El Olivar una escuela para los niños de la comarca. Otra vez a San Ramón, y a Lérida, nuevamente a El Olivar, el 9 de enero de 1924, para maestro de postulantes; que le llamaban el abuelo, como demostración de respeto y afecto. 

 

 Cuando le tomó este ministerio el padre Jaime Monzón, siguió como confesor carismático e imprescindible. Además desarrolló una ingente labor pastoral en toda la comarca olivareña, coadjutor de Estercuel, suplente de todos los curas de la redonda, predicador de novenas y cuaresmas, excelente confesor y consejero. Impartía clases en una casa de Estercuel -certifica mi padre Vicente Millán-, y en la iglesia enseñaba pastoral y otras cosas; cuanto diga de él es poco. Mosén Tomás Tena se llegaba al Convento, para pasar el día con el padre Pina, y confesarse, quedando muy edificado de su virtud. Bueno, sencillo, asequible, querendón y querido. Se cuenta, por ejemplo, que si ocurría que crecía el río de Estercuel y los labriegos no podían llegar al pueblo, el padre Pina les procuraba comida y cama. Pidió salir una temporadita, estándose en Mallorca desde el 1 de febrero de 1934 al 20 de diciembre de 1935. Pero regresó, añorando el ensueño olivareño, husmeando la victoria definitiva. 

 

La primera estación de su viacrucis martirial la sufrió en Crivillén. Aquí toda la comunidad olivareña, padres y estudiantes, celebraron misa solemnísima de Santiago el 25 de julio de 1936. Tornándose todos al Convento, el padre Pina se quedó en Crivillén; lo apreciaban y agasajaban todos, mas, porque se rumoreaba la llegada de piquetes extremistas, Joaquín Ortín lo quiso ocultar en la caseta de su huerto, pero de nada valían las medidas, que su inocencia no recelaba de nadie; no manifestaba temor, hablaba con los que pasaban por el camino, no se escondía para hacer la señal de la cruz como siempre. 

El 1 de agosto, por la tarde, se reincorporó a El Olivar, enfermo y cansadísimo se acostó unas horas; llamado el médico de Estercuel, proveyó aquella misma subírselo al pueblo, pues los religiosos estaban a punto de dispersarse, pero el no podría seguirlos; muchos se aprestaron para ayudarle, estando en los hogares de José Pascual, Agustín Moreno y José María Rubio, todos ellos recordarán cómo se pasaba el día entero rezando serenamente y cómo hablaba con cuantos entraban en casa. Pero el comité de Estercuel intimó y amenazó, no obstante las intercesiones a su favor; había que sacarlo de Estercuel. 

 

La noche del 5 al 6 de agosto fue llevado a Alcaine, por Pascual Sebastián y José Rubio, atado como un fardo a lomos de una caballería, por barranqueras y sendas ocultas, pensábamos llevar un crucifijo, dijeron luego. Agotado y llagado, a las ocho de la mañana acudió a la posada de Manuel Gascón, que quedó aterrado al verlo tan acabado. Pedía comida y dónde reposar, descansó todo el día, quiso que lo llevaran a otro amigo, pero éste no quiso recogerlo aunque le dio víveres. Vino a dar con sus huesos en el albergue para mendigos de Alcaine. Necesitaba del médico pero no quiso comprometerlo pues todos lo conocían, ya que en Alcaine por muchos años había predicado, dado conferencias, confesado. 

 

A la mañana del día 7, casi a rastras, se echó a andar hacia Muniesa, pero al llegar al río Seco, torció hacia la derecha y al atardecer llegaba al molino bajo de Alacón. Sediento y desfallecido, las hermanas Ferrer Alquezar, sin abrirle la puerta, le dieron por una ventana comida, bebida y una manta para dormir bajo los chopos; les expresó cómo quería morir mártir y no tenía ningún miedo. A la mañana, del día 8, dejó a la puerta de la casa la manta y la botella de agua. En casa de Inocencia Alquezar lo hicieron sentar y le dieron comida. Se llegó a la tienda para comprarse alpargatas, porque andaba casi descalzo; cuando Pedro Mañas lo estaba calzando, pues él no podía, cayeron sobre el anciano unos individuos armados, que lo cachearon, se lo llevaron a empellones, lo arrastraron al comité, y luego en un coche lo condujeron, sobre las ocho de la mañana, a la estación del ferrocarril de Muniesa, y le tomaron declaración. Cayetano Burillo, detenido en la misma estación, contaría cómo decían al Padre palabras soeces, blasfemias y frases como: se han acabado para ti las comilonas, las francachelas,… ¿dónde están todos los hijos que habéis tenido, que no vienen a liberarte? Otra detenida, Marcela Alacón, declararía cómo los esbirros le gritaban que lo iban a matar, y les respondía: cuando ustedes gusten; lo insultaban, lo maltrataban, pero estaba muy sereno, contento y oraba por ellos: Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen. Lo subían en un camión cuando le dijo uno de los esbirros: Vamos, que vas a morir, pero antes te haremos tragar el rosario; lo llevaron unos trescientos metros de la estación, lo echaron a un bancal y desde la carretera lo cazaron, tirándole primero a las piernas para hacer sufrir más. Todavía se acercó un miliciano, que le descerrajó el tiro de gracia, porque aún bolligaba, diciendo: Para que se andara al reino de las arañas. Cabrón, es el Padre del convento de El Olivar, todos los chicos de Estercuel y de Crivillén son suyos. Allí mismo lo enterraron. Eran las diez de la mañana del 8 de agosto de 1936. Lo sepultaron muy someramente, pero después hicieron los asesinos que Isidro Seta cavara una fosa más profunda. Uno de los desalmados se apropió sus zapatillas. 

 

El 5 de noviembre de 1938 sus restos fueron llevados a El Olivar.

No había hecho ningún mal, y sí mucho bien