Martirio de los Padres Francisco Gargallo Gascón y Manuel Sancho Aguilar

16.05.2013 08:29

Martirio de los Padres Francisco Gargallo Gascón y Manuel Sancho Aguilar

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Eran muy ingenuos nuestros frailes de El Olivar. Estaba toda España envuelta en llamas desde el 18 de julio, y nuestros Mercedarios seguían tan tranquilos. El 25 de julio todos, padres y estudiantes, celebraron fiesta solemnísima de Santiago en Crivillén. El 1 de agosto, por la mañana, el padre Sancho se fue a Crivillén con los postulantes, Trini de Núñez los acogió en su casa; el Padre apenas comía, seguía dando los ejercicios espirituales a los que tomarían el hábito; rezaba en su cuarto. Regresaron al convento al atardecer del día 3 muy confortados y dispuestos al martirio. 

En el Convento algunos religiosos venían haciendo guardia por la noche en los alrededores del Cenobio. El médico de Estercuel, Ramón Buñuel, les aconsejó evacuar el convento, por respuesta, el padre Sancho le dio un abrazo diciéndole con gran serenidad: Adiós, hijo mío, hasta el cielo, que en este mundo no volveremos a encontrarnos. El 1 de agosto se rezó el rosario y se cantó la sabatina. El 2 aún se llevó vida de comunidad, pero cundió la alarma porque llegó el padre Conde, paúl de la comunidad de Alcorisa, huido de los rojos. A las 22 horas salía la primera expe­dición, camino de Oliete, con la consigna de hallarse todos en Zaragoza. 

El día 3, al rayar el alba, con igual meta, partió la segunda cuadrilla. Para la tercera remesa quedaron padre Francisco Gargallo, padre Manuel Sancho, fray Pedro Esteban, fray Antonio Lahoz, fray José Trallero, fray Jaime Codina, el novicio fray Vicente Alarcón y cuatro postulantes, permanecieron esperando la vuelta de los criados y de las caballerías para que les transportaran el equipaje hasta Muniesa, como lo hicieran con la segunda expedición. Oyeron misa fervorosísimamente, dedicaron el día a esconder objetos de culto en el osario, seguían aguardando. Puesto el sol, el padre Gargallo reunió a todos en la templo e hizo una sentida reflexión, invitando a sumir el reservado y hablando del posible martirio. Cobraron valor y se dispusieron a salir con lágrimas en los ojos y dejando el corazón junto a la Virgen. Constantino Vidal, el pastor, fue testigo de aquel quebranto. Aún aguantaron los cuatro hermanos a la espera de los criados, mientras que los dos padres, el novicio fray Vicente Alarcón y los postulantes, todavía se demoraron a dos kilómetro del Convento esperando a los criados, que llegaron sobre la una de la madrugada participando cómo los rojos estaban ya en Oliete, por lo que no se podía salir hacia allí. Llegó el pastor Constantino advirtiendo que también en Estercuel se habían impuesto los rojos y planeaban bajar al Convento. Había que salirse de los caminos y, guiados por el pastor, fueron a guarecerse en una corraliza, a la entrada de la Codoñera. 

El día 4, al amanecer, arribaron los cuatro hermanos trayendo en la caballería maletas y comida. Pasaron el día ocultos entre los pinos rezando el rosario, leyendo y oyendo al padre Sancho. Sobre las cuatro de la tarde salieron fray José Tra­llero y fray Jaime Codina, de acuerdo con el padre Comendador, para explorar el camino de Oliete. Ha­bían de volver a la noche o a la mañana siguiente, mas pasó la noche, avanzaba el día y los Hermanos no llegaban. El padre Sancho y fray Alarcón salieron a otear el horizonte, habiendo ojeado por espacio de unas dos horas, decidieron regresar al grupo cuando vieron, en la bajada del barranco del Agua, algo de humo. Acercándose a unos veinticinco metros percibieron dos cadáveres ardiendo. Fray Vicente no se aproximó, pero el padre Sancho se llegó, los identificó por las medallas y un crucifijo de fray Trallero y por el diente metálico de fray Codina. 

Vueltos a la cueva, comunicando el suceso únicamente al padre Gargallo, determinaron irse de allí, internándose en el pinar. Porque no se les podía ocultar, el padre Sancho manifestó a todos lo hallado, los confesó a todos y se prepararon para el martirio. Se dirigieron a los Mases de Crivillén, en casa de María Sancho cenaron algo caliente. Arribaron también los hermanos fray Pedro Esteban y fray Antonio Lahoz. Porque corría el rumor de que iban a llegar los rojos, se regresaron al pinar, el padre Gargallo dio a besar su crucifijo a los de la casa, que les dieron pan y chocolate y los jóvenes Francisco Gracia Gil y Juan Gracia Bielsa los guiaron hasta cerca de la Codoñera. 

El 6 por la mañana aparecieron en la masía del guarda de la Codoñera. Dejando a los muchachos en un barranco, se acercaron los padres encontrando a Servandos Miedes, Florentina Muñoz y su familia, que se aprestaron a darles una buena comida entre los pinos. José Rubio, hijo político y guarda, se fue a inspeccionar las inmediaciones de Alcaine; regresaba al mediodía enterado de que los rojos no habían entrado en Alcaine; los orientó para pasar por encima del pan­tano de Oliete, sin tocar Muniesa, y aún los acompañó hasta cerca de Alcaine; el padre Gargallo le entregó varios documentos y cien pesetas, las que él rehusó categóricamente. 

Siguiendo las indicaciones, cruzaron el río Martín, entre Alcaine y el pantano de Oliete, pasando por el Hocino al caer de la tarde. Aquí preguntaron a Tesifonte Chopo por el camino de Muniesa, y no le hicieron caso cuando los quiso disuadir de ir allá. Los vio Arturo Ibáñez, médico de Alcaine, bebiendo con un vasito en una pequeña fuente, bien vestidos los padres y en mangas de camisa con un jersey de lana bajo el brazo los muchachos, los notó muy cansados y sudorosos, principalmente a los Padres, pero serenos e impávidos; no se presentaron, mas intuyó quiénes eran; tampoco consiguió retraerlos de seguir a Muniesa. Continuaron por la empinada senda que conduce a Muniesa, y no habrían andado cuatro kilómetros, cuando se tropezaron con una masía en la partida llamada La Dehesa y a ella se dirigen pidiendo agua; los dueños, Mariano Tomeo y su mu­jer, les ofrecieron agua, vino, cena, lo que quisieran; agradecidos al ofrecimiento, sólo aceptaron el agua; cenando un pan para todos y chocolate, con ración doble para los jóvenes; Mariano les advirtió del riesgo de entrar a Muniesa y les insistió que se quedaran con ellos; dándoles las gracias, los religiosos se pusieron en camino deseosos de llegar aquella misma noche a Muniesa. La senda era tortuosa, y en las inmediaciones del Río Seco se perdieron. Decidieron pasar la noche en el bosque. 

El día 7 por la mañana reemprendieron la marcha, siempre convencidos de que en Muniesa no estaban los rojos, llegarían al pueblo, celebrarían misa, comulgarían el primer viernes. Recorrieron seis kilómetros… a las ocho de la mañana estaban en el Plano de Alacón. Sonó el ¡Alto! y les cayeron encima los guardias rojos, que los registraron a fondo sin hallarles ni un cortaplumas. El padre Gargallo estaba feliz creyendo hallarse entre amigos y el padre Sancho ofreció sus servicios sacerdotales, manifestándose padres del convento de El Olivar. La respuesta fueron denuestos, blasfemias, palabras soeces. El padre Gargallo, cuenta el postulante Jesús Turmo, con una entereza y una serenidad extraordinarias, dijo a los canallas: de nosotros dos haced lo que queráis, pero de los chicos respondo como si fuese su padre, ellos nada tienen que ver con la Orden, pues las conversaciones de aquellas fieras hacía presumir que nos iban a matar a todos; los padres abrazaron a los niños para interceder; el capitán Ferrer prometió salvarlos. Los otros encerraron en la parte trasera de un autobús próximo que ostentaba el rótulo Tarragona-Reus, y empezaron los interrogatorios entre tales expresiones que parecían demonios sueltos, jamás pasó por nuestra mente que se pudiera blasfemar de aquella forma. Aprovechando una pausa los padres se confesaron mutuamente, y luego alguno de los postulantes, y el padre Gargallo exhortó a todos al martirio e impartió la bendición apostólica; los padres no cesaban de dar gracias a Dios por el inminente martirio. Sobre el mediodía un jefe de milicias llegó preguntando ¿Dónde están esos pájaros que decís haber cazado? y llamó a los cuatro más pequeños, uno fray Vicente Alarcón, que no se movieron hasta que los padres les dijeron que obedecieran, abrazaron a cada uno diciendo: Adiós, hijos, hasta el cielo; se iban diciendo adiós con las manos, mientras los Padres los bendecían, siendo llevados al comité de Oliete. Quedaban en el autobús los padres, el donado José María Blasco, el postulante José María Romero, que nos trasmitió el relato. Un jefecillo, entre horrendas blasfemias, les dijo que pronto los iban a fusilar. Los milicianos que pasaban en camiones también se sumaban a los insultos y daban ideas de cómo llevar a cabo la ejecución, incluso hubo intentos de linchamiento. Algo que sobrecogía el ánimo más esforzado, no me explico cómo no morimos de espanto, era el tener que soportar todo aquello, afirmará luego José María Romero. Eran tan insufribles las andanadas blasfemas que los religiosos pedían al Señor que los mataran cuanto antes. Fuera de los momentos de oír blasfemar, los cuatro permanecían serenos. Uno de los milicianos les ofreció comida y agua, pero ninguno aceptó nada. Les permitieron escribir a los familiares; el padre Gargallo lo hizo a su sobrino el padre Manuel Gargallo, el padre Sancho a la madre del padre Ángel Millán, pero ambas cartas fueron rotas poco después.

A eso de las cuatro de la tarde llegaron varios coches con milicianos, que se disputaban el formar el piquete de ejecución. El jefe señaló quiénes lo formarían, y los hizo avanzar hacia un montón de cadáveres de fusilados antes. El padre Gargallo, con una serenidad y unción extraordinaria, nos dio otra vez la ben­dición apostólica. Creo que no veré jamás acto litúrgico más her­moso y emocionante, exhortando a mantenerse serenos pues Dios con su Santísima Ma­dre les estaba esperando con los brazos abiertos, y comenzamos fuerte el tedeum, recuerda José María, hasta quedar ante el pelotón, los dos padres y yo en medio. A medio tedeum los milicianos ordenaron a José María retirarse, como no debí oírlo, los padres me dieron un empujón, sacándome del alcance de los fusiles. Oí cómo los padres perdonaban a sus carniceros. Sonó la descarga, les tiraron primero a las piernas para atormentarlos más. Gritaron: ¡viva Cristo rey!